Y me quedo mirando el abismo que se deja entrever por un
huequito ubicado en la esquina inferior de la ventana. Pienso que quizás soy muy
pequeña para entender.
(El toca discos empezó a sonar) En esos momentos se
desencadenan unas secuencias de acciones diminutas, ínfimas, que condensan la
habitación de una agradable levedad. Antes que todo ocurra un silencio
inaudible se hace omnisciente. Y de repente: un hilo fino, recto, perfectamente
quebradizo sin aviso alguno rompe la inmovilidad. Y mis ojos sólo miran ese
lugarcito donde entra o sale luz. Y luego pienso que todo puede caer. En un par de
palabras puedo decirte al oído las cosas más perversas que jamás hayas
imaginado. O puedo susurrarte cosas en tus labios fríos con la mismísima voz
que hace hablar a la muerte. Como quieras que sea, puedo hacer todo eso, puesto
que mi mundo no acaba en un par de palabras.
Buscaras huir del destino que trazan mis manos cuando dibujan en tu
espalda el recorrido hacia la eternidad. Pero olvidas, como siempre, que soy yo
quien te indica hacia dónde ir, qué esquivar, dónde acelerar y cuándo frenar.
Es fácil perderse en la inconstancia de la rutina. Caminar hacia arriba parece
una tarea sencilla sólo para aquellos desprevenidos que saben que las cosas
imposibles no existen. En cambio tu ser,
siempre tan arraigado al mundo material, siempre tan adoctrinado, se debate
todo el tiempo entre las cosas insignificantes que asechan lo mundano. Quise salvarte y mostrarte las ventanas que se abren en medio de este bosque
enmarañado que trazamos juntos esa tarde naranja de otoño. Es que todavía no comprendes: en cada trazo
condensado de pintura oleosa dibujamos algo más que puntos, algo más que
líneas, algo más que figuras, colores y tonos.
Andree
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